ENCUENTRO CON GOROSITO…
Se suspendió en la primera semana de mayo el “Proyecto Libertad”, entre Arabia Saudí y EE.UU. dejando como saldo una tensión importante de Washington con Riad, uno de sus principales aliados históricos en el Medio Oriente.
La negativa de Arabia Saudí de permitir a EE.UU. el uso de sus bases militares y espacio aéreo, con el objetivo de realizar una operación en el estratégico estrecho de Ormuz, mostró que Riad ya no acompaña de forma automática cada movimiento de Washington contra la República Islámica de Irán.
El episodio ocurrió cuando la Casa Blanca evaluaba una operación naval y aérea para escoltar buques comerciales varados durante semanas por el bloqueo, los ataques y amenazas cruzadas en una de las rutas marítimas de transporte de petróleo, gas y fertilizantes, más sensibles del planeta.
La operación fue presentada por EE.UU. como una herramienta para restablecer la navegación, aliviar la presión sobre el mercado petrolero y mostrar capacidad estadounidense de control regional.
Sin embargo el plan chocó con el “NO” de Arabia Saudí. Riad comunicó a Washington que no autorizaba el uso de su territorio, bases, ni su espacio aéreo, para una acción que podría ser interpretada por Irán como una nueva escalada militar. Trump pausó la operación el día 5 de mayo y trascendió que la resistencia saudí había sido un factor decisivo.
Si bien Arabia Saudí sigue siendo un socio fundamental de Washington en el Medio Oriente, bajo el liderazgo de Mohammed bin Salman intenta ampliar su margen de autonomía. Riad busca mantener la protección militar de EE.UU. sobre su territorio, pero preservar canales con Irán, profundizar vínculos con China, defender sus propios intereses petroleros y evitar ser arrastrado a una guerra regional que pueda golpear duramente su infraestructura energética.
Riad piensa con lógica, cualquier escalada en Ormuz puede tener consecuencias directas sobre refinerías, puertos, oleoductos, plantas petroquímicas y exportaciones del Reino.
Arabia Saudita conoce bien el costo de la vulnerabilidad energética y sabe que una operación militar presentada como defensiva por Washington puede ser tomada por Teherán como una agresión apoyada por Riad.
La situación marca también una diferencia de prioridades. Para Trump, reabrir Ormuz era una necesidad estratégica, económica y política. Para Arabia Saudita el objetivo principal es evitar que la crisis derivara en una guerra abierta en el Golfo Pérsico. Ambos países comparten la desconfianza hacia Irán, pero no necesariamente comparten el mismo umbral de riesgo.
La fricción entre ambos, llega en un momento especialmente sensible, EE.UU. presionaba para garantizar la navegación y contener el impacto global del petróleo, mientras varios países del Golfo Pérsico intentan evitar una escalada que pudiera incendiar toda la región.
Esa diferencia dejó a Washington con un menor margen de operatividad y obligó a recalcular una operación militar que dependía para su éxito de apoyo logístico regional. También otro elemento a tener presente, es que la negativa muestra cómo funciona la nueva diplomacia del Reino Saudí.
Desde que se restablecieron relaciones con Irán en el 2023, con la mediación de China; Riad ha intentado administrar su rivalidad con Teherán sin la ruptura total de los canales de diálogo entre ambos. Esta estrategia no elimina la competencia regional, pero sí reduce la disposición saudí a participar en acciones militares que puedan destruir cualquier capacidad de contención.
Obviamente que para EE.UU. la negativa de Riad fue incomoda. La superpotencia conserva enorme capacidad militar aérea y naval, pero en el Golfo Pérsico necesita bases, permisos, rutas aéreas, inteligencia regional y cobertura política de sus aliados regionales. Si no se obtiene ese respaldo, una operación militar, se vuelve más costosa y expuesta.
Lo sucedido no implica una ruptura entre Riad y Washington, quizá una pequeña “fisura”. Arabia Saudí sigue dependiendo en gran medida de los sistemas de defensa estadounidenses, cooperación militar y relaciones estratégicas con la Casa Blanca.
Pero confirma que Medio Oriente cambió y los aliados tradicionales de EE.UU, ya no se alinean de forma inmediata ante una crisis, menos automática y más condicionada por los intereses propios de cada Estado. También los aliados calculan costos, diversifican sus vínculos y buscan no quedar atrapados entre Washington, Teherán, Beijing y sus propias prioridades internas.
La pausa del “Proyecto Libertad” por Riad, fue una señal política. Arabia Saudí marcó que no está dispuesta a facilitar una escalada militar contra Irán si entiende que eso pone en riesgo su estabilidad, su infraestructura y su estrategia regional.
Para el presidente Donald Trump, el caso expuso los límites de una política exterior basada en la presión militar rápida. Para el líder saudí, Mohammed bin Salman, fue una muestra de autonomía frente a su principal socio de seguridad.
Para la República islámica de Irán, en cambio, fue una evidencia que la amenaza sobre Ormuz puede dividir a sus adversarios e incluso complicar la respuesta militar estadounidense.
La crisis diplomática entre Riad y Washington, dejó una conclusión de fondo. Reabrir el estrecho de Ormuz no depende solamente de poder militar aéreo y naval.
Depende también de la política regional, de la confianza de los aliados y de la capacidad de Washington para convencer a socios claves que sus operaciones militares no los arrastrarán a una guerra que ellos no quieren librar.
Por lo tanto dicho episodio entre el Reino de Arabia Saudí y Estados Unidos de América no quiere decir que no sigan siendo aliados de gran confianza e importancia, es una leve “fisura” y marca como funcionará el nuevo Medio Oriente. La crisis del estratégico estrecho de Ormuz, mostró que esa fuerte alianza ya no garantiza obediencia automática a todo lo que le proponga Washington a Riad.
¡Hasta el próximo encuentro…!
Dr.(c).Washington Daniel Gorosito Pérez