Victoria Vega Moreno.
En 2027, el PAN cumplirá tres décadas consecutivas gobernando Irapuato. Treinta años de control político ininterrumpido que comenzaron en 1997, cuando Salvador Pérez Godínez se convirtió en el primer presidente municipal panista, rompiendo la larga hegemonía priista y marcando el inicio de una nueva etapa en la vida pública del municipio.
Desde entonces, Acción Nacional convirtió a Irapuato en uno de sus bastiones más sólidos en Guanajuato. Pasaron administraciones, cambiaron nombres, se reciclaron grupos políticos y se reacomodaron intereses, pero el poder siguió en las mismas manos. Ricardo Ortiz, Luis Vargas, Mario Turrent, Jorge Estrada, Sixto Zetina, nuevamente Ricardo Ortiz por dos periodos consecutivos, y Lorena Alfaro (en su segundo periodo) son parte de esa misma continuidad política.
Durante años, el PAN gobernó con la narrativa de la estabilidad, la confianza ciudadana y la superioridad electoral frente a sus adversarios. Pero la elección de 2024 dejó una señal que en el panismo local no pasó desapercibida: para conservar la presidencia municipal, el PAN tuvo que recurrir a la alianza con el PRI.
No fue un acto de cortesía política, sino una confesión de desgaste. El partido que durante años presumió autosuficiencia necesitó del respaldo de su antiguo adversario para sostener el poder. La coalición PAN-PRI no fue una muestra de fortaleza, sino una advertencia de que la maquinaria ya no funciona sola.
Ese dato es fundamental porque exhibe una realidad incómoda: el PAN sigue gobernando, pero ya no con la misma autoridad política ni con la misma capacidad de arrastre electoral.
Y rumbo a 2027, el principal riesgo no parece venir de Morena ni de la oposición externa, sino del conflicto interno que divide al panismo irapuatense.
La disputa entre el grupo político de la alcaldesa Lorena Alfaro García y el bloque del exalcalde Ricardo Ortiz Gutiérrez se ha convertido en el verdadero campo de batalla por la sucesión.
No existe, hasta ahora, un acuerdo claro sobre quién encabezará la próxima candidatura.
Ricardo Ortiz mantiene estructura, presencia y capital político propio. No solo eso: ha decidido confrontar abiertamente al grupo en el poder. En la pasada elección interna del PAN acusó directamente a la administración municipal de intervenir en el proceso, operar políticamente y favorecer a la planilla oficialista, calificando el proceso como “un verdadero cochinero, confirmando públicamente una ruptura profunda.
Del otro lado, el grupo de Lorena Alfaro entiende que conservar el control del partido significa asegurar la sucesión. Porque en Irapuato, quien domina el PAN prácticamente define la candidatura con mayores posibilidades de triunfo.
La disputa no es ideológica; es de control territorial, estructura electoral y supervivencia política.
El problema para Acción Nacional es que mientras más se prolonga esa confrontación, más se desgasta la imagen de unidad que necesita para enfrentar una elección que ya no será automática.
Treinta años de gobierno también significan treinta años de desgaste, reclamos acumulados, pasivos políticos y ciudadanos cada vez menos dispuestos a votar por costumbre.
La alianza con el PRI fue la primera advertencia.
Las pugnas internas son la segunda.
Y si el PAN no logra construir un acuerdo real entre sus grupos, 2027 podría no representar la celebración de sus 30 años en el poder, sino el inicio del fin de su hegemonía en Irapuato.
A veces los partidos no pierden el poder por la fuerza de la oposición, sino por la incapacidad de ponerse de acuerdo entre los suyos.