Victoria Vega Moreno.
En Irapuato, pocas transformaciones urbanas han resultado tan simbólicas y polémicas como la que hoy se levanta en Paseo de las Fresas, en el cruce de memoria y concreto. Ahí, justo frente al estadio Sergio León Chávez, donde durante años permaneció un busto de Wolfgang Amadeus Mozart, ahora emerge una monumental fresa.
Durante décadas, Mozart, o lo que representaba, ocupó ese espacio sin generar demasiado ruido. Probablemente muchos ni siquiera sabían quién era. Tal vez ahí está la primera clave del relevo: un monumento que no conecta con la gente termina volviéndose invisible.
La nueva escultura, en cambio, apuesta por lo contrario. La fresa no necesita presentación en Irapuato. Es identidad, economía, historia y orgullo. La ciudad no solo la cultiva: la presume. No por nada se le conoce como la “capital de la fresa”, con una fuerte tradición agrícola que define buena parte de su desarrollo.
Y la respuesta fue inmediata: desde su primer día, la escultura atrajo a decenas de personas que, al salir del estadio, se detuvieron a tomarse fotografías. La fresa conecta, convoca y se deja querer.
Sin embargo, no se trata solo de sustituir una escultura por otra, sino de reemplazar un símbolo cultural universal por uno profundamente local. Reducir la discusión a una simple oposición entre “lo local” y “lo universal” sería simplificar demasiado.
Hay algo inquietante en esta sustitución: la facilidad con la que se desplaza un referente cultural para colocar otro más “representativo” o, quizá, más rentable en términos de imagen urbana. Mozart no estorbaba; simplemente dejó de ser útil.
Aunque el busto será reubicado en la Plaza del Artista, la pregunta de fondo sigue intacta: ¿los espacios públicos deben reflejar lo que somos o también aspirar a lo que podríamos ser?
La fresa, sin duda, conecta. Es cercana, reconocible, incluso turística. Funciona en la lógica de ciudad-marca. Pero Mozart, aunque distante, representaba otra cosa: la posibilidad de que el espacio público también acerque a las personas a lo que no conocen, a lo que no consumen todos los días, a lo que exige un poco más.
En todo caso, la nueva escultura ya ha generado conversación. Y eso, en sí mismo, es un punto a su favor.
Quizá el problema no es que llegue la fresa.
Quizá el problema es que, para que llegara, Mozart tuvo que moverse de lugar.