INGRESA GOROSITO A LA ACADEMIA NACIONAL DE POESÍA

Kuali/Cd de México.-La Academia Nacional de Poesía de la Ciudad de México, aprobó la incorporación como miembro activo del poeta y periodista México-Uruguayo, Dr.(c) Washington Daniel Gorosito Pérez.

Previo a la deliberación por parte del jurado, le fue solicitado al maestro Gorosito, escribiera una poesía, un artículo además de un ensayo sobre Sor Juana Inés de la Cruz, reconocida como una de las figuras literarias femeninas más importantes del siglo XVII, musa inspiradora de la Academia.

www.kuali.com.mx y Kuali Noticias de Guanajuato, comparte el trabajo literario del maestro Daniel Gorosito, todo un apasionado de las letras.

LOS VERSOS DE SOR JUANA, “DE LOS MÁS SUAVES Y DELICADOS

QUE HAN SALIDO DE LA PLUMA DE UNA MUJER”

 

                                                                             Dr.(c). Washington Daniel Gorosito Pérez

Mujer extraordinaria, ornamento de su siglo, Sor Juana Inés de la Cruz aparece, casi como

un milagro en la segunda mitad del siglo XVII en la nación de un Continente que, a

mediados del siglo anterior, había empezado apenas a incorporarse a la cultura europea.

Tiene desde niña una gran curiosidad por el mundo que pronto se convierte en un deseo de

saber y explicárselo todo, que sorprende en una sociedad tan joven y en una persona del

sexo considerado tradicionalmente reacio a todo tipo de estudios y meditaciones.

 

Toda su niñez es un ardiente afán de sabiduría. Buscó una razón para justificar ese anhelo,

que acaso a muchos parecería indiscreto o desproporcionado, y en su respuesta a Sor

Filotea de la Cruz nos dice que todas las ciencias y todas las artes son necesarias para

entender bien las Sagradas Escrituras. Pero ese anhelo de saberlo todo y la práctica constante para satisfacerlo no le restan feminidad ni encanto, ni tampoco usó de sus atractivos para hacer pasar por sabiduría aquello en que no había ahondado la simple curiosidad.

Era cuidadosa y exigente en sus estudios y los tenía, no como vano ornamento de la natural coquetería de la mujer, sino como ocupación  seria y grata de Dios. “El triunfo obtenido con dolor y celebrado con llanto” es el modo de triunfar de la sabiduría, nos dice en la respuesta a Sor Filotea de la Cruz, y explica también que el ángel es más que el hombre porque entiende.  Causó admiración el caudal y la variedad de lo que sabía, pero también que fuera prenda de mujer tan joven y que no dañara ni disminuyera la gracia y frescura de su espíritu y su belleza. Vivió tiempos felices en la corte virreinal, entre admiración y halagos, celebrada tanta por sus estudios como por su belleza y deslumbrante personalidad.

¿Podrá alguien creer que no pensó en seguir viviendo en ese mundo amable, casada con algún caballero de la corte? ¿Es posible que una joven de su edad y sus prendas no haya soñado no una,  sino muchas veces en ese halagüeño porvenir? Y, sin embargo, entra como monja poco después de cumplir los 18 años. Ella explica que no tenía inclinación al matrimonio y que lo más conveniente para una muchacha de su condición, es decir, pobre y amante del estudio, era la vida conventual. Pero, ¿vamos a creerle? A quien sepa leer sus versos nada podrá convencerlo de que su naturaleza repugnaba el matrimonio.

Su poesía demuestra por más que a sus experiencias falten todas las confirmaciones de

hecho que se quiera, la gozosa convicción de que el amor es una de las mayores glorias de

la vida, sino la mayor. ¿Quién se atrevería a negar que haya tenido pretendientes en la corte? Y el que sepa la forma en que la poesía recoge y sublima las experiencias de la vida. ¿Puede dudar que fue amada, que lo supo y que, siquiera por un momento, haya agradecido y acaso correspondido ese amor? ¿Por qué, entonces, abandonar repentinamente el mundo en que era celebrada para encerrarse en un convento? Una joven con sus encantos y expectativas ¿Puede adquirir por fulminante revelación la fortaleza y la austeridad necesarias para enderezar definitivamente su vida hacia la solución ascética? La única explicación posible es que, justamente cuando estaba en la Corte, un suceso desconocido e importante motivó su inesperada decisión. ¿Cuál fue este suceso? La explicación más general entre sus biógrafos es que, bien una decepción amorosa, o bien el deseo de sustraerse a las amenazas contra su decoro, acaso por parte de persona poderosa, la obligan a buscar el consuelo o la seguridad en el convento. Esta explicación parece plausible y válida cuando se ignoraban ciertas circunstancias importantes de su vida, que nos ofrecen una causa más justificada para explicar su extraña y violenta conducta. Pero en 1947, Guillermo Ramírez España publicó el testamento de Isabel Ramírez, la madre de Sor Juana, en el que se lee: “Item declaro que yo he sido mujer de estado soltera y he tenido por mis hijos naturales a doña Josefa María y a doña María de Asbaje y a la monja Juana de la Cruz, religiosa del Convento del Señor San Jerónimo de la ciudad de México”.

¿Cuándo descubrió Sor Juana que era hija natural? Si fue cuando era dama de la Virreina,

podemos explicarnos su violenta decisión de huir a un convento. Para la vida que llevaba en la corte, y aún para la realización de sus sueños y esperanzas, aquella revelación debe de haber sido un golpe terrible; la joven sentiría literalmente derrumbarse el mundo en que vivía. Ya se sabe que el hijo, muchas veces por sus propios méritos y otras por influencias familiares o políticas, podía mantener una posición decorosa y aún ascender en la escala social. Y a los nombres de don Juan de Austria y del venerable Juan de Palafox y Mendoza pueden agregarse los de otras personas que no parecen haber sufrido menoscabo social por su condición de hijos naturales.

Pero la situación de la mujer era distinta; las cuestiones de honra y limpieza de familia

parecían hacerla más vulnerable a las prevenciones o prejuicios en esta materia. Al matrimonio la mujer llevaba dote, y cuando ésta era cuantiosa solía salvarse el inconveniente de la ilegitimidad; pero en el caso de Sor Juana, el obstáculo podía ser

invencible porque la situación económica de la familia no le permitía dotarla generosamente. Pero aunque la sociedad ignorara o perdonara esa tacha de ilegitimidad. ¿La perdonó Sor Juana? ¿Se conformó con ella? Una vez conocida su condición de hija natural ¿Mantuvo su confianza en la posibilidad de un matrimonio ventajoso? ¿Conservó las esperanzas de entrar en una familia de la buena sociedad de Nueva España?

Si permanecía en la corte. ¿No habrá temido verse expuesta en cualquier momento a una

investigación o a una indiscreta revelación sobre la situación legal de la familia? La decisión repentina de entrar al convento parece haber sido arrebatada y categórica a esos

temores. Pero no sólo huyó al convento: quiso también quitarse su nombre. En su respuesta a Sor Filotea de la Cruz, unos veinticinco años después del incidente, lo recuerda en éstos

términos, a los que nunca se han dado la debida consideración: “Y después en ella (en la comunidad) sabe el Señor, y lo sabe en el mundo quien sólo lo debió saber, lo que intenté en orden a esconder mi nombre, y que no me lo permitió, diciendo que era tentación, y sí sería”.

Y después agrega: “Señora mía, creo que sólo os pagará en contaros esto, pues no ha salido

de una boca jamás, excepto para quien debió salir”. (¿Se refiere en ambos fragmentos a su

confesor?) Una decepción amorosa o el temor de asaltos a su decoro podían muy bien llevarla al convento; pero: ¿Qué razón hubiera tenido en estos casos para intentar quitarse su nombre? El hecho de su ilegitimidad no ha sido valuado todavía como elemento fundamental en la vida de Sor Juana, ni se ha tomado en cuenta como factor para explicar su carácter y psicología.

Alfonso Méndez Plancarte lo menciona en la breve biografía que va al frente del Tomo I de

las Obras completas de la poetisa, pero no quiso detenerse en él como si lo considerara una

ofensa de mal gusto a la memoria de la monja. Julio Jiménez Rueda, lo cita como un dato exterior sin meditar sobre las consecuencias que pudo haber tenido sobre la conducta y la visión del mundo de Sor Juana. Por su parte Francisco de la Maza, en el prólogo de la traducción española del libro de Ludwig Pfandl Diezahnte Muse von Mexico, le resta con cierta precipitación toda importancia al hecho.

Todavía no se descubrían los documentos probando que Sor Juana era hija natural cuando

Ezequiel A. Chávez (1868-1946) escribió su magnífica monografía, pero no hay duda que

de haberlos conocido, hubiera utilizado el hecho que revelan en la explicación de la personalidad de Sor Juana. No se conocían tampoco los documentos cuando el gran hispanista alemán Ludwin  Pfandl (1881-1942) escribió su famoso libro. Y no es atrevido pensar que el conocimiento de la ilegitimidad de Sor Juana le habría impedido buscar, en ocasiones trayéndolas de los cabellos, algunas explicaciones sobre los motivos secretos de la conducta de la poetisa.

El libro, a pesar de tantas páginas de comentarios sutiles e interpretaciones novedosas, están dentro de cierta tradición erudita alemana sensible a inútiles complicaciones, y por otra parte, suele caer en gratuitas elaboraciones frecuentes en la aplicación del método psicoanalítico a la crítica literaria. Sí, en su anhelo de saber, en su prurito enciclopédico, Sor Juana se emparenta con Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700) y ambos anuncian desarrollos que se intensificarán en el siglo XVIII en que el campo de la poesía viene a ser como el término de un ciclo de gran importancia. Podría decirse que es el broche de oro que cierra la lírica de los siglos XVI y XVII que, empezando en Garcilazo de la Vega (1501-1536), tiene su fin, en la Península española, con la muerte de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681).

La poesía de los Siglos de Oro, una de las de más alta calidad de la Europa renacentista,

con la que sólo puede rivalizar la poesía de Inglaterra, tiene su esplendoroso crepúsculo

en el continente americano, porque en los últimos años del siglo XVII no hay, en todo el

vasto imperio español, un poeta de la grandeza de Sor Juana Inés de la Cruz. Es poetisa lírica, religiosa y aún filosófica, si de ello le damos crédito por su Primer Sueño. Pertenece a esa corriente que inunda a España, que crece y desborda con don Luis De Góngora y cuyas aguas revueltas ilumina todavía don Pedro Calderón de la Barca.

No es una simple imitadora, ni puede tachársele como por tanto tiempo lo hicieron los críticos académicos mexicanos y extranjeros de una gongorista más, oscura y retórica.

Aprendió,  principalmente de Góngora, todas las galas de la nueva poesía; la línea atrevida y elegante, la riqueza y valentía del léxico, el gusto del verso fulgurante. Pero a todo ello agregaba gracia y mística propias, modulaciones de ternura, perfiles insinuantes y también toques de fino humor. Entre sus poesías tienen primer lugar las que cantan efusiones y sentimientos amorosos. Con delicada sutileza matiza la expresión de sus emociones, encuentra imágenes de conmovedora ternura, sigue con perspicacia los vuelcos del corazón y tiene una lucidez psicológica que no aprendió de nadie, porque no era frecuente en la poesía de aquella época.

En su hondura, en su verdad tierna y palpitante, en el arrebato de su confesión sólo puede comparársele la monja portuguesa Mariana Alcoforado (1640-1723) que abrió el camino al estudio de las pasiones. En ambas religiosas, en Mariana, yendo mucho más lejos que en Juana, la vida aporta las experiencias que alimentan y explican todos esos distingos, esas adivinaciones y esas sorpresas del alma que medita sobre el amor. Algunas de sus redondillas y endechas, de sus sonetos y liras, legan indudablemente un sitio entre los más grandes poetas de lengua española.

El erudito español Menéndez Pelayo, filólogo, escritor, crítico literario e historiador alaba su “expresión feliz y única”, y declara que sus versos son “de los más suaves y delicados que han salido de la pluma de una mujer”.

 

EL PERIODISMO EN LA NUEVA ESPAÑA

                                 Y SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ 

 

 Dr.(c). Washington Daniel Gorosito Pérez  

 

Muy cerca de la Décima Musa estuvieron dos importantes escritores y periodistas de la época. Me refiero a Carlos de Sigüenza y Góngora y Juan Ignacio de Castorena y Ursúa.

El poeta y pensador originario de Querétaro, Sigüenza y Góngora, es considerado el patriarca del periodismo en México ya que en el siglo XVII publicó, la “Relación de los sucesos de la armada y Barlovento, a fines de 1690 y 1691”, editada en el año de 1691.

En el transcurso del mismo año también dio a conocer, “Trofeo de la justicia española contra la perfidia francesa” y en 1693 “Mercurio volante con la noticia de la recuperación de la provincia de Nuevo México”, aunque este último no fue un periódico de noticias sino una relación histórica por entregas.

Esta es la razón por la cual el primer periodista mexicano es Castorena y Ursúa quien fuera el fundador y director de La Gaceta de México, publicado mensualmente de enero a junio de 1722. En los tres primeros números de esta publicación se asienta: “Gaceta de México y noticias de la Nueva España” que se imprimirá cada mes y comienza desde el 1º de enero de 1722, con privilegio, en México, en la imprenta de los herederos de la viuda de Miguel de Rivera Calderón en el Empedradillo, año de 1722”. La calle del Empedradillo es la actual Monte de Piedad en el Centro Histórico de la Ciudad de México.

Con referencia al contenido de la Gaceta, la misma sostenía que no hacía reflexiones políticas, porque “se goza un gobierno pacífico y porque las máximas del Estado se gobiernan con el irrefragable dictamen de nuestro soberano”.

Cada número se proponía, según allí se especifica, “hacer una fidelísima relación de estas regiones para que con ellas, se pudieran formar unos anales del futuro”. Daba también noticias de Madrid, París y otras capitales europeas. Cada número terminaba con la información correspondiente a los nuevos libros editados en México y España.

Regresando a la relación que existiera entre estos dos periodistas y Sor Juana, Sigüenza y Góngora menciona en varios de sus escritos su admiración por la Décima Musa. Esta fue puesta a prueba en 1680 cuando ambos recibieron el encargo de prepara sendos “arcos” para recibir en México (Virreinato de la Nueva España) al Virrey Don Tomás Antonio de la Cerda, Marqués de la Laguna.

Sor Juana escribió, “Neptuno alegórico”, descripción del arco que a ella le había encargado el cabildo de la catedral Metropolitana. Allí declara que prefiere seguir el estilo común y no salir del metro tan aprobado, que eligió como símbolo al dios Neptuno, que se trata de un “arco triunfal”.

Mientras que Sigüenza al diseñar el “arco” se opone a que sea llamado “triunfal”, porque este adjetivo es, dice, “memoria del triunfo romano, ilación que se dedujo de las invasiones sangrientas”; y rechaza, el “estilo común” de hermosear con mitológicas ideas de mentirosas fábulas, esas portadas triunfales”.

Ante esto hay una advertencia de Alberto G. Salceda, en la introducción al Tomo IV de las Obras Completas de Sor Juana, que no pudo menos don Carlos que considerar que la exposición de motivos de su obra envolvía un ataque a Sor Juana, y se apresura a darle satisfacción.

Por ello, Sigüenza escribe: “Cuanto en el antecedente preludio se ha discurrido más tiene por objeto dar razón de lo que dispuse en el “arco” que perjudicar lo que en el que, al mismo tiempo intento, la madre Juana Inés de la Cruz, religiosa del Convento de San Jerónimo de esta ciudad; y dicho se estaba cuando no hay pluma que pueda elevarse a la eminencia donde la suya descuella, cuantimás atreverse a pregonar la sublimidad de la erudición que la adorna”.

En lo referente a Castorena y Ursúa, se sabe que siendo éste ya doctor en Cánones, tiempo antes de publicar la gaceta de México y de ser Obispo de Yucatán, entabló una cordial amistad con la madre Sor Juana Inés de la Cruz.

En cierta ocasión, al llegar a sus manos unos impresos que criticaban duramente a la gran escritora, Castorena y Ursúa la defendió con maestría. Sor Juana le dedicó la siguiente Décima:

 

“Favores que son tan llenos

no sabré servir jamás,

pues debo estimarlos más

cuando los merezco menos.

 

De pagarse están ajenos

al mismo agradecimiento

pero ellos mismos intento

que sirvan de recompensa

pues debéis a mi defensa

lucir vuestro entendimiento”

 

Transcurridos cinco años del fallecimiento de Sor Juana, en el año 1700, Castorena y Ursúa editó en Madrid, en la imprenta de Manuel Ruiz de Murga, el libro titulado: Fama y obras póstumas del Fénix de México, Décima Musa, poetisa americana Sor Juana Inés de la Cruz.

En el prólogo da a conocer su empeño porque la obra de la gran poetisa mexicana, sea mejor conocida en el viejo mundo y añade: “Esperaba también recoger otros manuscritos de la poetisa y éste con sus originales, colocarlos en el estante que dorado ocupan sus dos antecedentes en El Escorial…

Otros muchos discretos papeles y cartas es sin duda que escribió la poetisa, con mayúsculas; pero como jamás desvaneció su humildad la esperanza de darlos a las prensas, los despedía entre los borradores y sin dificultad se perdieron.

Si caso, lector, a ti te impongo piadoso, fueres heredero de estas preseas, reconvengo a tu plausible gusto, reserve tu estimación bizarra el original y, con el dócil trabajo de una hermana, al impresor de este libro remitas una copia… Así los indultas del peligro de un papel suelto… darás buenos ratos y renuevos inmarcesibles al perenne nombre de la Poetisa”.

Grande fue la celebridad de Sor Juana Inés de la Cruz mientras vivió. Tanto, que quien fuera su primer biógrafo, el Padre Diego Calleja, afirmaba en su Aprobación o censura para el tercer tomo de sus obras, Fama y obras póstumas, que, a su muerte, la religiosa dejó “llenas las dos Españas con la opinión de su admirable sabiduría”.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Sor Juana Inés de la Cruz y las vicisitudes de la crítica.

José pascual Buxó

UNAM-1998

México

 

Las trampas de la fe.

Octavio Paz

Fondo de Cultura Económica- 1992

México

 

El Periodismo en México- 450 años de historia.

Salvador Novo

Editorial Tradición- 1974

México

 

Juan Ignacio María de Castorena: Primer periodista mexicano.

Moisés Ochoa Campos

UNAM- 1968

México

 

Sor Juana Inés de la Cruz

Poesías completas.

Editora Nacional Mexicana-1973

México

 

Sor Juana Inés de la Cruz: Saberes y placeres.

Margo Glanz

Instituto Mexiquense de Cultura- 1996

México.

 

EL TESORO DE SOR JUANA                  Dr.(c) Washington Daniel Gorosito Pérez

 

 

En San Miguel Nepantla

un lucerito nació

con los años llamarada

Nueva España iluminó.

 

Un milagro que estas tierras

al mundo hispano aportó.

 

Desde niña transgresora

por aprender a leer

la Ciudad de los Palacios

pronto te iría a acoger.

 

Dama de compañía primero

de la Corte Virreinal

Carmelita Descalza luego

para poder estudiar.

 

Tú biblioteca forjaste

en América no hubo igual

ese tesoro donaste

a los pobres del lugar.

 

La epidemia vengadora

con tú cuerpo cargará

allí inicia la leyenda

principia la eternidad.

 

MIXTURA SORJUANESCA DE SONETOS      Dr.(c).Washington Daniel Gorosito Pérez

 

Una rosa censurada

metáfora moralina

docta muerte y necia vida

que busca en la fantasía

el vital amor esquivo

que siempre será atractivo

si es honesto y fermental

como en un profundo sueño

no se quiere despertar.

 

¡Oh!  Fabio gran adorado

que buena combinación

el amar o aborrecer

padecer en el querer

o sufrir en ser querida

de que color son las lágrimas

por no ser correspondida.

 

Felicianos y Lisandros

sentimientos encontrados

que marcaron contenido

de sonetos admirados

que cruzaron por los tiempos

reflexionando el amor

en tus versos consagrada

oh bendita Sor Juana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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